Berthe Weill. Galerista de vanguardia
30 ans ou la Vie en rose, 1931
don Mathilde Amos, 1955
© CC0 Paris Musées / Musée d’Art Moderne de Paris
Introducción – “Place aux jeunes” (Demos paso a los jóvenes)
En 1901, Berthe Weill abrió una galería en el 25 rue Victor-Massé, en el barrio de Pigalle, al pie de Montmartre. Esta optó por implicarse con los artistas de su época, ayudándoles a descubrir y luego a desarrollar sus carreras. Entre ellos se encontraban algunos de los nombres más importantes de la vanguardia, como Pablo Picasso, Henri Matisse, Amedeo Modigliani y Suzanne Valadon, así como otros artistas menos conocidos. Con un entusiasmo y una perseverancia inagotables, Weill fue su portavoz y los apoyó durante cuarenta años, hasta que cerró su galería en 1940, debido a la persecución de los judíos durante la guerra.
Desde 1933, fue la primera marchante que publicó sus memorias. Con el título ”Pan ! dans l’œil…” (¡Zas! en el ojo) relata tres décadas de actividad, convirtiéndose en pionera de este género literario que, desde entonces, ha tenido numerosos imitadores.
Desafiando el sexismo, el antisemitismo y las dificultades económicas, apostó por talentos aún desconocidos en lugar de por figuras que ya estaban en primera línea de la escena artística, escribiendo así una parte aún desconocida de la historia del arte moderno. Sin embargo, la trayectoria de Berthe Weill, casi olvidada durante un tiempo, aún no se ha consagrado en el firmamento de los marchantes de arte en el que figuran Daniel-Henry Kahnweiler, Paul y Léonce Rosenberg, Ambroise Vollard o Paul Guillaume. Esta exposición pretende devolverle el lugar que le corresponde.
“Mi resolución es inquebrantable; ¡ya veremos!”.*
Berthe Weill, nació en París en el seno de una modesta familia judía procedente de Alsacia, y muy joven fue a aprender la profesión con Salvator Mayer, un renombrado marchante de grabados. Aprendió el comercio de obras de arte y conoció a los diferentes protagonistas de la escena artística parisina, así como a numerosos coleccionistas. Poco después de la muerte del marchante en 1897, se asoció con uno de sus hermanos para abrir una tienda de antigüedades y objetos de arte en el número 25 de la rue Victor-Massé, en el barrio de Pigalle, que entonces era el epicentro de la vida nocturna, los teatros y los cabarets de París. Esta dirección se encuentra al pie de Montmartre, donde vivían y trabajaban muchos artistas de vanguardia, a menudo en condiciones de gran precariedad.
Al carecer de importantes recursos financieros, diversificó las actividades de su galería para encontrar soluciones económicas viables. Vendió libros y expuso grabados de artistas junto con obras de ilustradores y caricaturistas como Jules Chéret y Théophile Steinlen. Berthe Weill comenzó a labrarse una reputación.
Mientras que el virulento antisemitismo que se manifestó a finales del siglo XIX se plasmó en el caso Dreyfus y dividió peligrosamente a Francia, ella tomó posición con valentía exponiendo en su escaparate volúmenes y dibujos originales a favor de Alfred Dreyfus y su defensor, Émile Zola.
“Compro los tres primeros Picasso...”*
En 1900, Pere Mañach, hijo deun industrial catalán, se estableció como marchante de cuadros en París, donde se propuso como misión promover a la joven generación española. Presentó Berthe Weill a Picasso, recién llegado de Barcelona. Ella le compró obras de ese momento y vio en su taller Le Moulin de la Galette, el primer gran lienzo que el pintor de veintiún años realizó en París. Lo vendió a un precio importante para un artista tan joven. Así, realizó una quincena de ventas, incluso antes de la exposición de Picasso en la galería de Ambroise Vollard el año siguiente.
En 1901, a los treinta y seis años, Berthe Weill, con la ayuda de Mañach, transformó su tienda, que pasó a llamarse “Galerie B. Weill” (su nombre no se menciona, sin duda para obviar que se trataba de una mujer). Se inauguró oficialmente el 1 de diciembre con una exposición que reunió diversas obras muy recientes de Pierre Girieud, Fabien Launay y Raoul de Mathan, así como terracotas de Aristide Maillol, que poco después tuvo un gran éxito con sus bronces. El crítico de arte Gustave Coquiot firmó el prefacio del primer catálogo.
Berthe Weill, que encontraba los talentos emergentes en el vivero de los Salones, los animó a exponer en su galería, constituyéndose así una reputación de descubridora.
“Notre-Dame des Fauves” (Philippe Diolé, “Les livres”, Beaux-arts, 21 de abril de 1933)
La sala VII del Salón de Otoño de 1905 reunió las pinturas de Matisse, Maurice de Vlaminck, André Derain, Albert Marquet, etc. Muchos críticos la consideraron inaceptable debido a que no respetaba las reglas de la perspectiva y el modelado en favor de la exaltación de los colores puros, así como a una simplificación de las formas. Un busto situado en el centro de la sala hizo que el crítico Louis Vauxcelles escribiera en un artículo del Gil Blas: “Es Donatello entre las fieras.” (Del movimiento “fauviste” (fiera en francés) por el uso de los colores puros para crear espontaneidad y expresividad). La fórmula gustó tanto que la sala pasó a llamarse “la jaula de las fieras”.
La Galería B. Weill desempeñó un importante papel en el reconocimiento de este movimiento al presentar regularmente exposiciones colectivas que reunían las diferentes configuraciones del grupo, formado principalmente por alumnos de Gustave Moreau, reunidos en torno a Matisse. Comenzó a interesarse por estos artistas a partir de 1902, mucho antes del escándalo del Salón de Otoño. Cuando estalló en 1905, estos pintores ya habían expuesto varias veces en la galería de la marchante. El año anterior, pidió al crítico Roger Marx, ferviente defensor de esta constelación, que prologara el catálogo de una exposición, trabajando así estratégicamente para crear el contexto necesario para su reconocimiento. Del mismo modo, contribuyó a convertir a Raoul Dufy, con quien tenía una estrecha relación, en un artista fauvista en contra de la voluntad de Matisse, que se negó a acogerlo en su círculo. Pronto Weill constató que “los fauvistas comenzaban a ganarse aficionados”.
“El cubismo despierta pasiones”*
El papel que desempeñó Berthe Weill en la presentación de las obras cubistas ha caído casi en el olvido, a pesar de que acompañó desde sus inicios a muchos artistas cuya carrera pasó por un período cubista. Así, expuso las obras de Jean Metzinger, ya fuera neoimpresionista, fauvista o cubista, desde 1903 hasta 1922, antes de una última exposición en 1939. Contribuyó en la sombra, como ya había hecho unos años antes con los fauvistas, a dar forma a una vanguardia que compartía la lección de Paul Cézanne en múltiples formas. La galerista insistió en las dificultades para que se apreciara esta pintura, mientras que el debate que se libraba desde 1912 en torno a la recepción del cubismo, a menudo expresaba, bajo la apariencia de una disputa estética, consideraciones de carácter nacionalista. Algunos reclamaban, sin éxito, que se prohibiera a los cubistas exponer en edificios públicos; otros deseaban diferenciar “a los independientes franceses de los independientes extranjeros”. Cuando el movimiento se dispersó, poco antes de la guerra, la marchante había expuesto a casi todos los protagonistas del cubismo. Excepcionalmente, en 1914 programó tres exposiciones personales dedicadas a Jean Metzinger, Alfréd Réth y Diego Rivera. A continuación, centró sus esfuerzos en aquellos a los que Georges Braque denominaba “cubisteurs”: André Lhote, Louis Marcoussis, Léopold Survage, Alice Halicka, etc..
”Un grupo de los más eclécticos”*
A principios del siglo XX, artistas de todo el mundo acudieron a París en busca de emulación y reconocimiento. Berthe Weill participó en esta efervescencia dando visibilidad a talentos que buscaban escapar a la discriminación y a las dificultades económicas. Eran originarios de toda Europa, desde los confines del Imperio ruso, Noruega, Polonia, España, Italia, o Grecia, hasta el Imperio Austrohúngaro, o incluso Estados Unidos. Su curiosidad la llevó a dar una oportunidad a los artistas, sin seguir ningún dogma, sino más bien su instinto, su visión y sus simpatías. Adoptó una postura comprometida participando, exposición tras exposición, en la lucha contra algunos defensores del buen gusto francés con resonancias xenófobas y antisemitas. Si bien el nombre de Berthe Weill está estrechamente asociado a las vanguardias de la primera mitad del siglo XX, también se interesó por personalidades que no pertenecían a ninguna corriente concreta. Su atención hacia los jóvenes artistas nunca decayó, a pesar de las vicisitudes, y así, organizó una o varias exposiciones para dar a conocer a figuras que permanecían en la sombra o que, en ocasiones, habían caído en el olvido.
“¿Pero qué tienen estos desnudos?…”*
Con un espíritu inventivo, audaz y original, Weill siguió valientemente su instinto sin ceder ante los prejuicios y los recursos financieros de otros marchantes de arte, a menudo más importantes que los suyos. Así, en 1917, a instancias del poeta de origen polaco Léopold Zborowski, inauguró la única exposición individual dedicada a Modigliani organizada en vida del artista. El escritor Blaise Cendrars, ferviente admirador del pintor, prologó el catálogo con un breve poema titulado “Sobre un retrato de Modigliani”. El 3 de diciembre de 1917, se presentaron treinta y dos obras, en su mayoría pinturas, en la rue Taitbout, donde la galería se había trasladado ese mismo año. Se presentaron cuatro desnudos que se convirtieron en emblemáticos. Sus vellos púbicos visibles desencadenaron el escándalo y el desorden, que pusieron el foco de atención en la Galería B. Weill. El comisario del puesto de policía situado enfrente ordenó a la marchante que “¡retirara toda esa basura!”, ejerciendo su censura por “atentado contra el pudor”. El fracaso comercial de la exposición fue amargo, a pesar de las cinco obras compradas por Weill para apoyar a Modigliani, cuya pintura admiraba. Anotó en ”Pan ! dans l’oeil...”: “Desnudos suntuosos, figuras angulosas, retratos sabrosos.”
“Tengo que luchar sola”*
A finales de la década de 1930, Berthe Weill decidió exponer a artistas que no había promocionado todavía. Se vinculó entonces a los defensores de la abstracción, cercanos al grupo Cercle et Carré y, posteriormente, a la asociación Abstraction-Création. Así, en 1939 decidió exponer las obras de Alfréd Réth o las de Otto Freundlich en la galería que ocupaba ,desde 1934, en la rue Saint-Dominique, y que pronto tuvo que cerrar debido a las medidas antisemitas adoptadas a partir de 1940. Berthe Weill, dejó de publicar folletos después de 1935, y acompañaba algunas de sus tarjetas de invitación con breves reflexiones. Durante la ocupación, escapó a la deportación, pero vivió en la indigencia. En 1946, se organizó una subasta para poner fin a sus dificultades financieras. Reunió más de ochenta obras ofrecidas por amigos de toda la vida, artistas y galeristas. Berthe Weill pudo entonces jubilarse. En 1951, cuando falleció, había defendido a más de trescientos artistas y organizado cientos de exposiciones en las cuatro direcciones sucesivas de su galería: 25 rue Victor-Massé; 50 rue Taitbout a partir de 1917; 46 rue Laffitte de 1920 a 1934, y por último 27, rue Saint-Dominique.